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Budapest, la ciudad del café (de Dezső Kosztolányi)

 

Budapest, la ciudad del café (de  Dezső Kosztolányi)

Los ingleses son capaces de pronunciar con increíble arrogancia que “mi casa es mi castillo”. Los budapestinos deben responder con no menos orgullo que “mi café es mi castillo”.

(fuente: Publicado en la revista Hét el 15 de marzo de 1914. Traducción Éva Cserháti )

"Viajaba por mar con un americano. Pronto empezamos a charlar. Después de la cena, tumbados en las hamacas, quería que me dijera qué opinión tenía sobre nosotros, los húngaros, puesto que había visitado Budapest y nos conocía bastante bien. Le hice preguntas en una noche sin estrellas, color a polvo, cuya única fuente de luz era la galvánica espuma de las olas. ¿Qué piensa usted, míster, de nuestra capital? Que tiene muchos cafés y muy buenos. La imagen del americano sobre los húngaros no era gratuita. Me contó que cuando llegó a Budapest, bajó del tren, entró en un café de mesas con mantel blanco donde cenó caldo de pollo, ham and eggs y tarta de chocolate. Se tomó varias copas de aguardientes distintos, acompañados con los ocho vasos de agua fría que el camarero le sirvió, y cuando se dio cuenta de que se había empachado con la comida, no le dejó irse a la farmacia, sino que le puso delante una cajita de bicarbonato de sodio. Tengo que admitir que en aquel momento, allí en alta mar, estaba orgulloso de mi patria.

 

Nos lamentamos mucho diciendo que nosotros, los húngaros, no tenemos carácter. La única posible razón de esto, es que nos avergonzamos del carácter que tenemos. ¿Por qué no nos dedicamos a recalcar nuestra faceta de cafeteros, nuestra propiedad más característica, la cultura de los cafés que son símbolo de penuria, de falta de hogar y de engalanada miseria? De verdad, no tenemos razones para estar avergonzados. Y si alguien considera que el café es un lugar plebeyo, el casino de los don nadie, le diré que hoy en día, existen pocas casas solariegas de aristócratas y señores tan nobles como el café, que tiene un pasado histórico digno y trabajador. Hace cien años que nació el abuelo del café actual. ¡Budapestino! honra al café porque es mucho más viejo y más decente que tú. Él tuvo un abuelo. Mientras tú, pordiosero, tal vez ni siquiera abuelo hayas tenido. Nosotros los que no nos vemos colmados de las bendiciones del gran capital, tenemos la oportunidad de vivir la ilusión de lustre y riqueza todos los días, cuando nos sentamos en un café de mal gusto, con setenta céntimos en el bolsillo. Nos apoltronamos junto a la mesa detrás de la cual se apilan miles y miles de coronas, los serviciales camareros lacayunos corren ajetreados, nos iluminan lámparas de arco y zumban los radiadores. Esta riqueza para nosotros es un lugar de paso, cuyas alfombras persas pisamos con zapatos desvencijados, pero pasamos tanto tiempo aquí, que casi se ha convertido en nuestro. Cualquier rey medieval habría devorado con fruición aquel maldito tentempié de áspic de jamón y verduras que tú le devuelves al camarero gritando. Además el café húngaro es acogedor. ¿Quieres que te hable de las llamas azules del mechero de alcohol? ¿De las cortinas blancas del hogar? ¿Del sofá bajo, del álbum familiar, del nido ancestral? No, yo estoy hablando del café. Lo que pasa en esta tierra, está pasando aquí. Sentados a las mesas, los estudiantes se preparan para los exámenes, memorizan la anatomía, la filosofía judicial y la historia de la literatura. Podría llamarlo universidad abierta. Alrededor de una mesa grande, dan conferencias sobre estética, filosofía, arquitectura, lingüística, psicología, botánica y farmacología. He descubierto, amigos budapestinos, que la aspirina no solo se vende en los cafés sino, de vez en cuando, en las farmacias también. La literatura no me atrevo mencionarla. El primer parroquiano asiduo de los cafés fue el poeta Sándor Petőfi. Desde aquel entonces, la literatura húngara se ha desarrollado a la par que la industria cafetera, las revoluciones estallan y se ahogan en los cafés, y los futuros historiadores tienen la tarea de averiguar qué influencia ha tenido el café sobre los poemas, los cuentos y los artículos, quién ha bebido café con cafeína y quién de achicoria. Si la literatura está floja, el café también está flojo. No sabemos en qué clase de pisos compartidos vivían aquellos genios. Muchos escritores solo podían alquilar una cama. Por eso, todos los cafés merecen una placa conmemorativa. El café húngaro es la segunda curiosidad oriental después del baño turco. Aquí pasamos la vida. Conocemos bien su cara cambiante a las diferentes horas del día, con las distintas luces, como otros conocerán su casa; sabemos qué pinta tiene a las siete de la mañana o a las cuatro y media, a las cinco y media de la madrugada cuando se colocan las sillas sobre las mesas. Existe una hora de funcionarios (de las siete a las ocho de la mañana), de abogados (de las ocho a las nueve y media), de médicos (de nueve y media a diez y media), de pequeños burgueses (de doce y media a las tres de la tarde), de familias (de cuatro a siete), de siesta (de siete y media a las once de la noche), de juerguistas (de dos a tres y media) y de agentes (continuo). Un amigo mío tiene su batín en el café, además de su biblioteca entera y sus medicamentos y el camarero, todos los días, le sirve sin chistar sus pastillas sedantes y su libro abierto en la página donde lo dejó el día anterior. Conozco un café que saca la bandera negra cuando se le muere un cliente. El café es nuestro atrio.

 

Quiero sugerir a los heraldistas húngaros que revisen los escudos de armas de nuestras familias y hagan diseños nuevos para las generaciones venideras. Que en el campo, en vez del árbol frondoso, haya ramas de hojalata; en vez de luna relumbrante, haya una tacita de café y las estrellas de plata, sean sustituidas por cucharillas. En una esquina del blasón, deberían pintar una cajita de bicarbonato, un cigarro o una boquilla. O la copia amarillenta de un estuche de aspirina que ha pasado meses en el bolsillo superior de la chaqueta del primer camarero.

 

Los ingleses son capaces de pronunciar con increíble arrogancia que “mi casa es mi castillo”. Los budapestinos deben responder con no menos orgullo que “mi café es mi castillo”. "

 

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